PREGN SEMANA SANTA BERJA 2015

Edita: Cofradía del Santísimo Cristo de la Misericordia y María
Santísima de la Victoria
PRESENTACIÓN
"No os pido más que Le miréis"
(Sta. Teresa de Jesús. camino de perfección. 26,3.)
Y a eso hemos venido,
Señor y Maestro, a miraros, a
contemplaros en los diversos
momentos de Vuestra divina
Pasión que por amor a nuestra
débil
humanidad
habéis
padecido.
En nombre de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y
Espíritu Santo comenzamos este pregón que ha de
exaltar, sin ser sermón de cura (pues el pregonero no lo
es), los momentos centrales de los últimos días de
Nuestro Señor Jesucristo en la tierra, adónde vino por
salvarnos y poder así, muriendo a los pecados, resucitar
con Cristo a vida nueva y mejor.
El Dr. D Juan Manuel Martín Robles nació hace
ahora 40 años en esta noble y hermosa villa de Berja al
amparo y protección de nuestra Madre querida de Amor,
la Virgen de Gádor. Recibió las aguas bautismales en esta
Parroquia de "La Anunciación", donde también participó
plenamente de la Eucaristía por primera vez. Desde niño
contempló las imágenes de la Semana Santa, como sólo
los niños saben mirarlas, casi hipnotizados y llenos de
inocencia: "Tiene pupa"- oímos decir al paso de nuestro
Señor en boca de los más pequeños. Con los ojos fijos en
nuestro
Señor
procesiones
y,
sufriente
en
cuanto
empezó
pudo,
a
admirar
vistió
la
las
túnica
confeccionada por las amorosas manos de su abuela.
Acompañando primero a San Juan de la Palma, el
discípulo amado, y conforme los años fueron pasando no
era sólo acompañar sino llevar el dolor de nuestra Madre
la Virgen de los Dolores como costalero a todos los
virgitanos y a los que, como servidor siendo aún niño,
veníamos a ver las procesiones desde otros pueblos
cercanos.
Cursó estudios de EGB en el colegio "Celia Viñas" y
en el Instituto "Sierra de Gádor", para marchar a
licenciarse y doctorarse en Historia del Arte en la
Universidad de Granada. En esta ciudad no abandonó su
pertenencia a las cofradías sino que compaginaba la
procesión de la Virgen de los Dolores de esta villa con su
labor en la cuadrilla de costaleros del Santísimo Cristo de
San Agustín de la ciudad universitaria. Hasta que, por
razones de salud, tuvo que dejar de portar sobre el costal
a las queridas imágenes; de portar el dolor a unirse
plenamente a la Pasión de Cristo padeciendo él mismo
los dolores y lesiones propios de los que son costaleros.
Deportista en su juventud, ahora, a la vista está
que no, fueron los mismos impedimentos que le
apartaron del costal los que le alejaron del deporte.
Interesado siempre en las artes, (fue actor de
teatro aficionado en el instituto), su vida ha transcurrido
siempre
en
especialmente
relación
el
arte
con
la
Historia
religioso.
Con
del
Arte,
numerosas
publicaciones sobre artistas actuales por su actual trabajo
como director del Museo "Casa Ibáñez" de Olula del Río,
exceptuando algunas "picardías", toda su vida antes de
llegar a Olula del Rió ha estado relacionada con el arte y
la Historia de la ciudad granadina con trabajos sobre la
Capilla Real y las diversas piadosas imágenes que en la
geografía española encontramos. Profesor interino en la
Universidad de Jaén y Máster en Museología, tiene una
gran preparación académica y laboral como comisario en
numerosas exposiciones. De todo lo mencionado y de lo
que ha quedado en el tintero, debe estar orgulloso por el
gran esfuerzo que le ha costado tanto a él como a su
familia. Por su labor actual como director del Museo
"Casa Ibáñez" ha conocido a dos grandes pintores
españoles aún vivos: D. Antonio López, el mejor pintor
realista de la actualidad, y don Andrés García Ibáñez, al
que sabe bien sobrellevar.
Como sólo Dios sabe hacer las cosas, hizo que
acabara su presente peregrinaje en Olula del Río, donde
actualmente servidor es párroco, y, aunque casi paisanos
(soy de El Ejido), allí nos conocimos y enseguida
congeniamos. La tierra une mucho. He dicho casi
paisanos, pero no, somos paisanos, porque me considero
virgitano pues, aunque sólo en ocasiones esporádicas
vengo por aquí, desde la niñez he visitado este pueblo y
ya en el seminario, acompañado por D. Antonio Manzano
y D. José Miguel Robles, he acudido y he aprendido a
querer a nuestra Madre querida de Gádor y san Tesifón.
Con don Francisco Escámez, el Padre Paco, desarrollamos
la etapa pastoral en el último curso de Teología y en la
ermita de la Virgen, siendo diácono, hice mi primera
boda. Cuando en el año 2000 sufrí una grave enfermedad
(los médicos no creían que sobreviviera) no faltaron las
oraciones a la Virgen de Gádor por lo que siempre he
estado y estaré agradecido a este pueblo. Me adoptó la
Virgen como un hijo más y una querida familia que me
considera el "hijo cura".
"¿Juanma, el pregonero? Bueno, ya veremos que
sale", pensé para mí. Pues aunque relacionado con las
cosas de la Iglesia de forma académica, no sabía que
había sido costalero hasta que un día, por circunstancias
personales, estaba él en Misa y en vez de arreglar el
retablo escuchó lo que Dios le tenía que decir. hablamos
largo rato y el Señor volvió a tocar aquel corazón que de
niño miraba hipnotizado la imagen de Cristo sufriente. Si
fue una sorpresa la elección del pregonero, más grande
fue la elección del presentador. Pero eso es algo que sólo
Dios y Juanma lo saben y así debe quedar.
Querido Juanma, querido paisano y feligrés, todo
esto, como ya he dicho, no es mérito sólo tuyo, sino que
es mérito, primero, de Dios que trajo a la fe; y, además,
de tus queridos padres, Juan y Encarna, padres orgullosos
de verte aquí hoy, y, por supuesto, de tu querida
compañera, amiga y esposa, Elena, granadina que te llevó
a casarte en un bello templo de aquella ciudad y que,
como tú a Andrés, te sobrelleva y soporta tus enfados,
"cuando algo no sale", con paciencia; que te acompaña
allá donde vas y sabe estar a tu lado, porque "el amor
todo lo alcanza" (Sta. Teresa)
Hoy, Juanma, eres tú el que tiene que acercarnos a
Dios para que esta Cuaresma y Semana Santa no se
quede en meros días de folclore sino que sean
verdaderos días de fe, esperanza y caridad, días de Amor
a Dios, días de morir a nosotros para que Cristo
resucitado viva en nuestros corazones y hogares, vivamos
en paz y demos gloria a su Nombre.
Gracias por traerme de nuevo a esta querida tierra,
gracias
por
tu
amistad
y
paciencia.
Gracias
por
anunciarnos la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro
Señor Jesucristo.
Y ahora, Juanma, como tantas veces oíste antaño:
"Vamos poquito a poco". Haznos mirarle sólo a Él.
Víctor M. Fernández Maldonado, Cura de Olula del
Río.
Berja, 21 de marzo de 2015.
PREGÓN
Un año más, como desde hace tantos, cuando la
Primavera impregne el aire de
cálidos olores a Pasión y los
ángeles comiencen a pintar tu
cielo con colores de Renovación,
que
no
por
conocidos
me
resultarán menos intensos que la
última vez que embriagaron mi alma, quiero volver a ti.
Un año más, y ya son cuarenta con sus idas y
venidas, quiero volver para reunirme contigo y rezar en
tus calles ante la presencia de Cristo en su infinita
Misericordia; humilde en su Entrada Triunfal a lomos de
una
Borriquita;
Cautivo
por
nuestros
pecados;
acompasado en su caminar Nazareno hacia el Gólgota;
sereno, majestuoso y rebosante de compasión en su
Buena Muerte, Crucificado de Cabrillas y Expiración;
yacente en el Sepulcro y gloriosamente Resucitado.
Un año más, con la firme promesa de volver una y
otra vez, quiero regresar para perderme en tus días y
noches de belleza alpujarreña acompañando a Nuestra
Madre en su bendita Victoria; en su infinito Amor y
Esperanza; en su advocación de las Mercedes; y en su
triste Amargura. Compartiendo con Ella, en silencio y con
lágrimas
contenidas,
sus
infinitos
Dolores
y
su
desconsolada Soledad acompañada por San Juan. Y
como no, dirigiendo mis ojos hacia aquella mujer valiente
y piadosa, de nombre Verónica, que con infinito amor
enjugó el rostro de nuestro Señor.
Un año más, con mi corazón mirando hacia la
Sierra para buscar el cálido amparo de Nuestra Bendita
Madre de Gádor, quiero compartir contigo esos Siete
Días en los que tu pueblo fervoroso ora y celebra su Fe
en las calles. Esa Semana en la que todos unen sus
plegarias en torno a Cristo en la crueldad de su Pasión,
en la tristeza de su Muerte y en la gloria de su
Resurrección. En la que apostando sus corazones
esperanzados en cada uno de los bellos escondites de tu
geografía, los virgitanos saludan con gozo a María
siempre Virgen y comparten sus benditas lágrimas.
¿Podrás acunarme de nuevo en tu antiguo regazo
de tierra mariana? ¿Querrás impregnarme de nuevo con
el aire cofrade que respiran tus calles y plazas
centenarias? ¿Dejarás abiertas tus puertas cristianas, para
que en silencio mi alma pueda franquearlas?
Dime que sí, porque un año más quiero regresar a
ti, mi Berja, para vivir, como si nunca me hubiese ido, tu
bendita Semana Santa.
***
Reverendo Señor Cura Párroco, don Juan José
Martínez Tur;
Reverendo Padre don Víctor Fernández, Párroco de
Olula del Río;
Excelentísimo
Señor
Alcalde
Presidente
del
Ilustrísimo Ayuntamiento de Berja, don Antonio Torres
López, y Excelentísimo Señor Alcalde Presidente del
Ayuntamiento de Olula del Río, Don Antonio Martínez
Pascual;
Corporación municipal y estimadas autoridades
civiles;
Hermanos Mayores y miembros de las Juntas
Directivas de las distintas Hermandades y Cofradías de la
Ciudad de Berja;
Señoras y Señores;
Virgitanos y virgitanas, cofrades, amigos y amigas,
hermanos en la Fe todos.
¿Cómo evitar emocionarse cuando uno ha de abrir
su corazón, sin reservas ni reparos, ante sus seres más
queridos, sus amigos, su pueblo y sus hermanos? ¿Ante
tantos y tantos con los ha compartido algunos de sus
más trascendentes momentos cofrades y cristianos? Esa
fue la primera duda que me asaltó cuando la joven
Cofradía del Santísimo Cristo de la Misericordia y María
Santísima de la Victoria me brindó el inmenso honor de
ser pregonero de nuestra Semana Santa, distinción que
nunca podré agradecerle con mis palabras.
Y ahora, ¿cómo hacerlo ahora tras las hermosas
palabras, impregnadas de oración y Fe cristiana, de su
presentación, padre Víctor?
Estoy convencido de que nunca encontraré una
contestación racional a estas preguntas. La hallaré en mi
alma. En esa voz en mi interior que me dice que siempre
que con dudas he cruzado las puertas de este centenario
templo de La Anunciación que esta tarde nos acoge,
nuestra bendita Madre me ha dado la respuesta justa, su
amparo y las fuerzas necesarias. Por eso estoy seguro que
también hoy será Ella la que, desde su Trono de dulzura y
comprensión, me concederá la palabra justa para
pregonar nuestra Semana Santa.
Una Semana de Pasión, gala y orgullo de tus hijos
virgitanos, que es tuya y es mía desde hace muchos años
y de la que me vas a permitir, Berja, que recupere hoy de
mi alma alborotada algunos de mis recuerdos más
íntimos, de esos que siempre me acompañan, para
contártelos al oído en un susurro de emoción contenida,
para que no notes mi palabra entrecortada.
Recuerdos que seguro otros muchos, con los que
en ocasiones compartimos en el tiempo aquellos
momentos, rememorarán junto a nosotros con la
confianza cierta de que tantos y tantos esfuerzos, semilla
fuerte e imperecedera de nuestra celebración presente,
no cayeron en terreno baldío, sino que sirvieron para
hacerte tan hermosa como eres hoy.
Pero no nos dejemos llevar aún por la emoción de
que en tan sólo una semana nuevamente tus calles se
llenarán de fervor y oración, de olor a incienso y quejidos
flamencos que en forma de oración romperán la
madrugada,
de
capillos
y
peinetas,
de
marchas
procesionales y silencios, de Cristos de andar costalero y
de palios con sabor a cielo… de la tenue luz de las velas
que en la noche virgitana iluminarán los bellos rostros de
nuestros sagrados titulares mientras tú, Berja, con gozo
compruebas cómo tus hijos más jóvenes toman el relevo
de una Semana Santa que parece eterna.
Así que déjame que antes de glosar el presente
admirado y refulgente de tu Pasión mire hacia atrás,
aunque sólo sea por unos instantes emocionados, para
rememorar aquella Semana Santa en la que di mis
primeros pasos y me hice mayor; aquella a la que, por la
satisfacción de sentirme de nuevo unido a ella, mi mente
regresa hoy con la misma intensidad del pasado.
Déjame que te recuerde aquellos Domingos de
Ramos en los que nuestro misterio era viviente, y un
juvenil Cristo montado sobre una borriquilla de humilde
atavío
alpujarreño
procesionaba
por
tus
calles
centenarias. O aquella Semana Santa de 1992, ya lejana,
en la que por vez primera vi procesionar por las calles de
Alcaudique a nuestra Borriquita; y cómo no, aquella
primera estación penitencial de María Santísima del Amor
y la Esperanza, portada por su cuadrilla de costaleras, un
radiante Domingo de 1996. ¡Cuántas bellas estampas!
Permíteme que rememore mis primeros pasos, aún
pequeños y dubitativos, en tu Semana Santa. Aquellos
que di, como penitente, en la tarde-noche del Viernes
Santo. Déjame que te confiese que aún recuerdo, como si
no hubiesen pasado los años, aquella túnica negra y
aquel capillo rojo que, confeccionados por sabias y
amorosas manos femeninas, durante años me vestí para
acompañar en su estación penitencial a San Juan de la
Palma. Aquel joven Evangelista que desde su paso
movido por ruedas, cuando aún no acompañaba a
nuestra Soledad, nos indicaba a todos, con gesto
compungido y ojos vidriosos, que delante de él marchaba
yacente el que al tercer día había de resucitar.
También déjame que te cuente de aquellos Jueves
Santos en los que, ya no tan niño, con inmensa
complacencia me metía bajo la trabajadera del paso para
acompañar a la Virgen de los Dolores en su estación
penitencial, compartiendo sentimientos y lágrimas con
aquella primera cuadrilla de costaleros que tuvo tu
Semana Santa. Una cuadrilla a la que me incorporé, por
casualidades del destino, el mismo Jueves Santo de 1992
en el que un nuevo grupo de costaleros aliviaban a
Nuestro Padre Jesús Nazareno del peso de su bendita
Cruz. Y déjame que me sincere contigo, por primera vez y
como nunca antes lo hice con nadie, y te confiese que
después de aquel otros pasos fueron el refugio de mi
sentir cofrade, pero en ninguno abrigué la Pasión como
en tus calles, bajo el manto protector de nuestra
Dolorosa y a la voz de mi capataz. Aquella que aún me
parece oír diciendo izquierda “alante”, derecha atrás cada
vez que veo un paso de palio revirar.
Consuélame diciéndome que aún no has olvidado,
ni olvidarás, las fúnebres notas de Ione sonando en la
silenciosa Madrugada del Jueves al Viernes Santo. Que no
has podido olvidar, como yo tampoco he querido hacer
nunca, aquellos lánguidos sones con los que nuestro
querido párroco don Antonio Durán nos llamaba a los
virgitanos, desde las altas torres del templo parroquial,
para que rezando el Vía+Crucis acompañásemos al Cristo
de la Expiración por unas taciturnas calles cuyo sosiego
quedaba sólo alterado por la oración amorosa de tus
hijos e hijas.
Consiénteme que recupere de mi recuerdo la bella
estampa de María Santísima de la Amargura bajando, en
Vía+Crucis y sobre humildes andas, el camino de la
Ermita, donde aquella joven cofradía “de los estudiantes”
animada por don Antonio Romera tuviese su primera
“casa”; o la de aquel Martes Santo de 1995 en el que sola,
a los pies de la Cruz vacía, la vi procesionar en la noche
oscura de tu señorial calle Agua.
Permíteme también que recuerde con palabras
emocionadas aquel Jueves Santo de 1990 en el que por
primera vez Verónica limpió piadosamente el dulce rostro
de nuestro Nazareno; o aquella jubilosa noche de Martes
Santo de 1997 en la que, tras años de esfuerzo cofrade,
Jesús Cautivo de Medinaceli y María Santísima de las
Mercedes llegaban desde su barrio de San Roque hasta
este templo parroquial.
Y déjame confesarme de nuevo, incluso a riesgo
de desnudar por completo mi alma, y decirte toda la paz
y consuelo que sentí la primera vez que me encontré,
hace apenas unos años y aún lejos de tus calles, con la
mirada infinitamente amorosa de ese Cristo moreno que
derrama su Misericordia sobre nosotros.
¡Cuántas imágenes perduran aún adormecidas en
mi memoria cofrade! ¡Cuántos sentimientos, sonidos y
olores me recuerdan a tu Semana Santa!
Pero dejemos atrás mi melancolía y nuestra
nostalgia, porque hoy tu Semana Santa se merece las
mejores frases que mi voz sea capaz de pronunciar en
esta tarde de Cuaresma, abrigada por los corazones de
todos aquellos que te quieren y te aman. De todos
aquellos cofrades y virgitanos que hoy, como antes
hicieron otros que gozan ya de la eterna presencia del
Padre, hacen posible que durante los Siete Días Santos
tus centenarias calles se llenen de sentimiento y fervor,
de silencio, lágrimas y oración, para recordarnos que
nuestro júbilo es que aquel que padeció y murió por
nuestros pecados, al tercer día resucitó.
Más no adelantemos el paso, y antes de
regocijarnos en su Resurrección gritemos con una sola
voz: ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del
Señor!
Alegre alabanza que junto el tintinear infantil de
las campanillas, el dulce aroma del incienso que
impregnará el aire de la soleada mañana y los sones
lejanos de los primeros acordes cofrades anunciarán que
nuestra Semana Santa alborea ya por las calles de
Alcaudique. Barrio centenario que de Domingo en
Domingo de Ramos se convierte en las puertas de la
Jerusalén virgitana, para que desde allí, entre palmas y
ramas de olivo, con júbilo de niños hebreos seguidos de
rojos capillos, Jesús venga a nuestro encuentro montado,
como anunciase el Profeta, en una humilde Borriquita.
Por fin llega el momento en el que por primera vez
en esta Semana Santa oigamos con expectación la voz
del capataz diciendo ¡A esta es! Tras ella, el golpe seco
del llamador y la primera levantá costalera para que el
misterio de la Entrada Triunfal de Nuestro Padre Jesús en
Jerusalén se ponga en la
calle con
el caminar
acompasado que ha de guiarlo, ya mediado el día, hasta
nuestro templo parroquial.
Y tras la Borriquita, siguiendo en todo momento
sus esforzados pasos, María Santísima del Amor y la
Esperanza dulcemente mecida bajo palio verde por las
calles virgitanas. Virgen de llanto contenido, Madre
compasiva y abnegada; espejo en el que se miran todas
aquellas mujeres que un día, a sus hijos, regalaron la vida
y su alma.
Así
comienza
nuestra
Semana
Santa.
Entre
emociones contenidas que en este Domingo de Ramos
habrán de aflorar nuevamente cuando, en la hora en la
que los últimos rayos de Sol tiñan el cielo de tenues
colores primaverales, resuene la voz de Pilatos gritando
¡Ecce Homo. Aquí tenéis al hombre! y Cristo en su infinita
Misericordia se presente ante el pueblo virgitano abatido
tras el castigo del látigo romano, coronado de espinas y
maniatado.
Así, desde las alturas de Los Cerrillos, con paso
costalero que aliviará el dolor de la injusta pena
infringida, nuestra cofradía más joven comenzará a andar
con devoción para que, cuando caiga la noche, podamos
mirarnos en los ojos misericordiosos de aquel Cristo que
iluminará la primera noche de Pasión virgitana.
Mientras tanto, en la lejanía de su sobrio oratorio,
María Santísima de la Victoria enjugará en un paño de
soledad sus lágrimas… gotas de rocío fecundador de Fe y
Esperanza.
Y tras la intensidad de nuestro Domingo de
Ramos, nuevamente Berja se llenará de oración y sentir
cofrade en la tarde-noche del Martes Santo. Cuando
nazarenos de capillo dorado portando encendidos ciriales
de rojo penitencial anuncien la presencia en nuestras
calles de aquel que quedó en soledad, abandonado por
sus discípulos, tras ser apresado en Getsemaní: nuestro
Cautivo de Medinaceli. Cristo de hechura sevillana cuya
tristeza aliviará tu pueblo junto a la Madre amada, María
Santísima de las Mercedes.
Titulares de hermosa cofradía de barrio para los
que se engalanarán de oración e incienso las calles
virgitanas. ¡Y cómo habría de ser de otra forma para
acompañar a aquel que Cautivo por nuestros pecados
entregó su destino en manos del Padre! ¡Cómo habría de
ser de otra manera para compartir el dolor de aquella
Madre bajo palio azul mecido por suave andar costalero
por la que una saeta romperá el cadencioso silencio
primaveral!
Noche de Miércoles Santo, capirotes negros que
sólo dejan ver ojos vidriosos inundan tus calles. Silencio
respetuoso y miradas al cielo para ver que, hundido en
un calvario de claveles rojos hasta el blanco paño de
pureza que cubre su divina desnudez, Cristo, en su Buena
Muerte, inicia su andar de solera cofrade tras, no sin
esfuerzo, dejar atrás las altas puertas de nuestro templo
parroquial.
Y al tiempo que tu Cruz se eleva al cielo virgitano,
con los primeros acordes de una corneta cofrade, un
mismo pesar aflorará en todas las almas que, año tras
año, te sueñan: el de no encontrar tan alta escalera que
permita subir al madero para, con amor agradecido,
retirar la espina que clavada en tu ceja prolonga tu triste
pesar.
Tras de ti, María en su bendita Amargura pasea su
angustia, desconsuelo y aflicción bajo un trono de
estrellas doradas por las calles virgitanas. Allí, en cada
rincón, como uno solo, todos los corazones alzarán su
voz al cielo pidiendo: ¡mece con ternura su palio,
costalero!
Ya se acerca el final. Jesús ha sido traicionado,
juzgado sumariamente y condenado cual vil malhechor.
Ha llegado el momento de que, en la noche templada del
Jueves Santo, cargue con su Cruz hacia el Gólgota,
buscando en su triste caminar la compasión de una
mirada que alivie su pesar.
Y bien pronto la habrá de encontrar en los ojos de
aquella joven valiente que con amor de madre enjugó su
rostro herido. Aquella en cuyo bendito lino quedó
marcada a sangre y fuego la efigie de Nuestro Señor.
Aquella mujer Verónica que en la tarde virgitana,
acompañada de mantillas y capirotes marfil bajo los que
se refugian ojos de mujer cofrade, te esperará resignada.
Aquella con la que, como cada Primavera, te encontrarás
a los pies de las esbeltas y mudas torres de nuestro de
templo parroquial, mientras al cielo de Berja se eleva la
primera saeta de tu larga noche.
Padre Nazareno, ¡qué pesada la carga, Cruz
redentora de nuestros pecados, que sobre tu ajada
espalda has de soportar! ¿Aliviará su peso el amor que tu
pueblo virgitano te profesa?
Qué fácil saberlo, dulce Nazareno, mirando a tus
ojos de infinita compasión. Ojos a los que tu pueblo se
dirigirá una y otra vez buscando encontrarse contigo.
Ojos que buscaré por rincones escondidos y solitarios
durante tu pausado caminar, ayudado por aquellos
hombres que sobre su costal alivian tu penar, hasta
encontrarme
contigo
entre
la
multitud
de
hijos
agradecidos que en ti encuentran Consuelo, Refugio y
Paz.
Mismo Alivio, Favor y Paz que hallaremos, tras de ti
Nazareno, bajo el palio enlutado de nuestra Reina de los
Dolores. Madre y Corredentora cuyo corazón fue
cruelmente traspasado por siete puñales. La que a los
pies de la Cruz te acompañó hasta el final. Bella Virgen
Dolorosa de antiguo rostro granadino y mirada perdida;
estrella radiante en la noche oscura de nuestros pesares.
¡Ay Madre, no nos dejes caer en la tristeza ni en la
desolación!
Cuando en la noche oscura aún resuenen los sones
de la última marcha cofrade tras el palio de nuestra
Señora de los Dolores, de nuevo las centenarias calles
virgitanas se llenarán en este Jueves Santo de capirotes
de barrio. Capirotes negros que con promesa de silencio
inundarán el viejo camino cofrade que llega desde Benejí
para llenar la noche de sigilo y oración callada.
Tan sólo el lento, lánguido y grave tañer de un
ronco tambor romperá el triste silencio. El marcará los
pasos, de costero a costero, de aquel Crucificado de
serena muerte que bajo la advocación del Santísimo
Cristo de Cabrillas nos recuerda a todos la dulce
enseñanza de Amor incondicional que Jesús nos legó
desde el madero. Instrumento de martirio y señal de
Salvación.
Pasarán las horas, y cuando aún no hayamos
secado las lágrimas que inundarán nuestro corazón
apenado por el peso de la Cruz de nuestros pecados,
nuevamente el silencio se hará en la larga Madrugada, en
aquellas horas sacras que nos hablarán de Vida y Muerte,
de Sacrificio y Comprensión.
Horas de recogimiento y reflexión en las que Berja
caminará junto al Cristo de la Expiración en el particular
Vía+Crucis que habrá de llevar a sus hijos, estación tras
estación, oración tras oración, a solicitar el perdón de sus
pecados y prepararse para la triste noticia que está por
llegar.
Silencio
cubiertos.
y
Viernes
Adoración
al
Santo.
Horas
Santísimo.
de
dolor,
Altares
luto,
desconsuelo y aflicción.
Cristo ha muerto en la Cruz y Berja, con amor de
hija siempre agradecida, ha descolgado su bendito
cuerpo, con desconsoladas lágrimas ha limpiado sus
llagas y lo ha depositado en su Sepulcro. Triste y alto
sitial en el que en la tarde callada pedirá a sus hijos que
lo porten, con elegante caminar, para que todo tu pueblo
te pueda rezar. Qué serena tu muerte y que grande tu
enseñanza… ¡acúnalo en tu paso costalero, que no ha
muerto, que tan sólo duerme!
Tras de Ti, nazarenos de capillo blanco y mantillas
de luto riguroso anuncian el pausado marchar de María
en su Soledad acompañada por el joven discípulo amado,
San Juan de la Palma. Él nos anuncia, con su gesto y su
mirada, la triste noticia de la muerte del que delante de
ellos va; ella, la Madre querida y amada, mira
compungida, sin poder reprimir las lágrimas, los negros
hierros con los que el Bendito Cuerpo al madero quedo
clavado.
Así, entre silencios, sones de capilla y marchas
acompasadas,
se
nos
va
yendo
la
triste
noche
desesperanzada… Noche tras la que llegará la alegría de
una nueva y soleada mañana.
Domingo, Domingo de Pascua. La promesa se ha
cumplido. Al que dejaron en el sepulcro, ya no está en
el… ¡Vive! ¡Ha Resucitado!
Cristo ha triunfado sobre la muerte y se presenta
ante nosotros en la radiante y alegre mañana. En aquella
gloriosa hora en la que el júbilo volverá a inundar las
calles donde todo comienza cada Semana Santa
virgitana: aquellos rincones del barrio de Alcaudique por
los que Jesús Resucitado, victorioso frente a la muerte,
iniciará su paseo triunfal hasta llegar, entre repique de
campanas y oraciones solazadas, a nuestro templo
parroquial para alegría de todos aquellos que en Ti
depositan su Fe y su Esperanza.
Y al final… como dijo el capataz ¡Ahí queó!
Pero no terminará aquí nuestra Semana Santa.
Porque con la alegría de saber que el que murió por
nuestros pecados ha resucitado a la vida eterna, en
nuestro recuerdo quedarán para siempre grabadas las
lágrimas derramadas, los suspiros ahogados y las
oraciones calladas; los compases cofrades y las saetas en
tus calles escuchadas; la suave mecida de un palio y el
dulce andar costalero que a Cristo acompaña. Tantas y
tantas bellas estampas.
Imágenes que perdurarán imborrables hasta el
próximo Domingo de Ramos, cuando de nuevo, con
convicciones renovadas, volvamos a vivir en tus calles,
Berja, tu bendita Semana Santa.
Juan Manuel Martín Robles
Berja, 21 de marzo de 2015